| Servidor, con mi camiseta de La Chabola. / Foto: E. Z. |
Me gusta mucho mi camiseta de La Chabola.
La Chabola, como su propio nombre indica, es un bar pijo. Y no. No estoy hablando de lo que ustedes entienden por un bar pijo. Estoy hablado de otra cosa. Estoy hablando de mucho más. Para comprender la diferencia tendrán que irse a Murcia, a Lo Pagán y entrar en La Chabola.
Me la regaló El Cuqui, el dueño de La Chabola. Entré Con María y Samuel para tomar una caña y saludar y salimos a las mil quinientas después de haber bailado no pocos pasodobles e inventado nuevos formatos de sillas triples. Ya les digo que La Chabola no es un bar pijo al uso. Es mucho más.
El otro día me puse mi camiseta de La Chabola. Bueno, fue hace meses, pero es que hace mucho que no actualizo el blog. El caso es que uno de mis amigos más elegantes celebraba un ágape en un afamado club social de Madrid debido a un feliz acontecimiento. Mi amigo, del que no diré el nombre por razones obvias, se codea con políticos y banqueros. Pero es majo.
- No vayas como siempre, ¿eh? Ponte guapo, que viene gente importante -me pidió.
- Tranquilo -le dije.
El día de autos me puse mi camiseta más pija. Cuando llegué al club, el portero me negó la entrada.
- Lo siento caballero, así no se puede pasar.
- Usted no sabe con quién está hablando -le espeté. Siempre quise decir esa frase, lo confieso.
- Son normas de protocolo del club -insistió el portero, que lucía librea y chistera.
- No me haga usted reír, caballero.
- Lo lamento, pero tiene que abandonar la finca.
- ¡¿Me está usted diciendo que no puedo pasar?! !¿A mí?! -grité.
En ese momento, apareció mi amigo por la puerta.
- ¡Por favor! ¿Pero qué estás haciendo? -dijo mi amigo agrrándome del codo mientras miraba nervioso a todos lados, buscando una grieta en la tierra donde meterse- Genaro, mil disculpas... es un amigo de la infancia... tiene depresiones... toma pastillas...
Entré en el club junto a mi amigo. Se hizo el silencio. Decenas de pares de ojos nos miraban. Mi amigo tragó saliva y me llevó a un rincón de la barra más apartada del enorme salón. Pidió dos cervezas.
- ¿Por qué me haces esto? Sabes que hoy es un día muy importante... hoy todo tiene que ser perfecto... sin errores... me juego mucho... -comenzó diciendo.
- Tú quieres entrar en política, ¿no?
- Me han ofrecido ir en las listas por Madrid. Y he aceptado. Hoy nos presentamos. ¿Por qué has venido en camiseta?
- Me dijiste que esto era un sitio elegante. Es la más pija que tengo.
- ¿La Chabola? ¿En serio?
- No tienes ni puta idea. No has estado en un sitio como La Chabola en tu puta vida de primate.
- Hazme un favor, quédate aquí y no hagas nada. Pide lo que quieras y estate quietecito, ¿de acuerdo? Hoy no me jodas, que me la juego. Me la juego mucho.
Pidió que me sirvieran un plato de jamón y se alejó para saludar a los corrillos. Yo me quedé comiendo jamón. Hubo discursos, fotos y confeti. Allí estaba mi amigo, recibiendo abrazos de tipos con chaqueta y tipas con tacones. Al final del acto, los peces gordos se fueron. Luego se fueron los peces menos gordos. Luego se fueron los pececillos y finalmente el resto terminó por irse. Quedamos los camareros, mi amigo y yo. Se acercó a mi rincón. Estaba contento y lucía una sonrisa. Había folletos del partido tirados por el suelo. "Tú decides", rezaba el eslogan.
- ¿Qué te ha parecido?
- ¿Para qué me has dicho que viniera?
- Quería tener la opinión de un amigo. ¿Crees que sirvo para esto?
- ¿Ninguno de los que estaban aquí son tus amigos?
- Sí... no... quiero decir... sí, claro... todos son amigos... pero no es lo mismo. Ya sabes... quiero la opinión de alguien que me conozca de toda la vida.
- Vas a ser un político de puta madre.
Se lo tomó como un cumplido. Me dio un abrazo.
- Te han puesto buen jamón, ¿eh? -me dijo sonriente al separarse.
- De puta madre -repetí.
Mi amigo salió elegido diputado en las pasadas Elecciones Generales.
Lástima de España, cojones.


