viernes, 24 de febrero de 2012

La camiseta de La Chabola (bar pijo)

Servidor, con mi camiseta de La Chabola. / Foto: E. Z.
Buenas noches.

Me gusta mucho mi camiseta de La Chabola.

La Chabola, como su propio nombre indica, es un bar pijo. Y no. No estoy hablando de lo que ustedes entienden por un bar pijo. Estoy hablado de otra cosa. Estoy hablando de mucho más. Para comprender la diferencia tendrán que irse a Murcia, a Lo Pagán y entrar en La Chabola.

Me la regaló El Cuqui, el dueño de La Chabola. Entré Con María y Samuel para tomar una caña y saludar y salimos a las mil quinientas después de haber bailado no pocos pasodobles e inventado nuevos formatos de sillas triples. Ya les digo que La Chabola no es un bar pijo al uso. Es mucho más.

El otro día me puse mi camiseta de La Chabola. Bueno, fue hace meses, pero es que hace mucho que no actualizo el blog. El caso es que uno de mis amigos más elegantes celebraba un ágape en un afamado club social de Madrid debido a un feliz acontecimiento. Mi amigo, del que no diré el nombre por razones obvias, se codea con políticos y banqueros. Pero es majo.

- No vayas como siempre, ¿eh? Ponte guapo, que viene gente importante -me pidió.
- Tranquilo -le dije.

El día de autos me puse mi camiseta más pija. Cuando llegué al club, el portero me negó la entrada.

- Lo siento caballero, así no se puede pasar.
- Usted no sabe con quién está hablando -le espeté. Siempre quise decir esa frase, lo confieso.
- Son normas de protocolo del club -insistió el portero, que lucía librea y chistera.
- No me haga usted reír, caballero.
- Lo lamento, pero tiene que abandonar la finca.
- ¡¿Me está usted diciendo que no puedo pasar?! !¿A mí?! -grité.

En ese momento, apareció mi amigo por la puerta.

- ¡Por favor! ¿Pero qué estás haciendo? -dijo mi amigo agrrándome del codo mientras miraba nervioso a todos lados, buscando una grieta en la tierra donde meterse- Genaro, mil disculpas... es un amigo de la infancia... tiene depresiones... toma pastillas...

Entré en el club junto a mi amigo. Se hizo el silencio. Decenas de pares de ojos nos miraban. Mi amigo tragó saliva y me llevó a un rincón de la barra más apartada del enorme salón. Pidió dos cervezas.

- ¿Por qué me haces esto? Sabes que hoy es un día muy importante... hoy todo tiene que ser perfecto... sin errores... me juego mucho... -comenzó diciendo.
- Tú quieres entrar en política, ¿no?
- Me han ofrecido ir en las listas por Madrid. Y he aceptado. Hoy nos presentamos. ¿Por qué has venido en camiseta?
- Me dijiste que esto era un sitio elegante. Es la más pija que tengo.
- ¿La Chabola? ¿En serio?
- No tienes ni puta idea. No has estado en un sitio como La Chabola en tu puta vida de primate.
- Hazme un favor, quédate aquí y no hagas nada. Pide lo que quieras y estate quietecito, ¿de acuerdo? Hoy no me jodas, que me la juego. Me la juego mucho.

Pidió que me sirvieran un plato de jamón y se alejó para saludar a los corrillos. Yo me quedé comiendo jamón. Hubo discursos, fotos y confeti. Allí estaba mi amigo, recibiendo abrazos de tipos con chaqueta y tipas con tacones. Al final del acto, los peces gordos se fueron. Luego se fueron los peces menos gordos. Luego se fueron los pececillos y finalmente el resto terminó por irse.  Quedamos los camareros, mi amigo y yo. Se acercó a mi rincón. Estaba contento y lucía una sonrisa. Había folletos del partido tirados por el suelo. "Tú decides", rezaba el eslogan.

- ¿Qué te ha parecido?
- ¿Para qué me has dicho que viniera?
- Quería tener la opinión de un amigo. ¿Crees que sirvo para esto?
- ¿Ninguno de los que estaban aquí son tus amigos?
- Sí... no... quiero decir... sí, claro... todos son amigos... pero no es lo mismo. Ya sabes... quiero la opinión de alguien que me conozca de toda la vida.
- Vas a ser un político de puta madre.

Se lo tomó como un cumplido. Me dio un abrazo.

- Te han puesto buen jamón, ¿eh? -me dijo sonriente al separarse.
- De puta madre -repetí.

Mi amigo salió elegido diputado en las pasadas Elecciones Generales.

Lástima de España, cojones.

martes, 13 de diciembre de 2011

La camiseta de Distrital

Servidor, con mi camiseta de Distrital,
celebrando que ya no tengo que ir al parque.
Buenas noches.

Me gusta mucho mi camiseta de Distrital.

Me la trajeron mis amigos de Los Hijos, de los que ya os he hablado aquí antes. Como son famosos (en la FNAC ya pueden encontrar sus trabajos en DVD y todo, oigan), les llamaron de un festival de cine de México, y allí que se fueron. A la vuelta, me trajeron una camiseta muy molona. Blanca, con letras negras. Por delante pone Distrital. Por detrás, Estudios Churubusco.

Me pongo bastante mi camiseta de Distrital. Lo de Estudios Churubusco a la espalda le confiere un caché especial. El otro día me la puse para ir al Mercadona. Para ir al Lidl utilizo camisetas mucho menos sofisticadas. Esto es así.

El caso es que allí, en el Mercadona, se me acercó un señor moreno. Bigote espeso. Ojos negros. Me rodeó con parsimonia, fijándose detenidamente en mi camiseta. Después, con acento mexicano, me preguntó:

- ¿De Churubusco?

Asentí despacio, sin saber muy bien por qué.

- ¡Si hubiera parque, no estaría usted aquí!

El tipo me sonrió y se fue.

Flipé bastante. Estuve deambulando por la zona de los embutidos bastante rato, sin decidirme entre el espetec y el fuet. Le daba vueltas a la frase. "Si hubiera parque, no estaría usted aquí". ¿Parque? ¿Por qué tendría que estar yo en un parque? ¿Me había llamado niño? ¿Me había llamado yonki? ¿Me había llamado perro? ¿O viejo verde de esos que van al Retiro a mirar a las parejas meterse mano entre los arbustos? Estaba descolocado. Opté por el fuet.

Esa noche dormí regular. Y al día siguiente aún seguía dándole vueltas al tema del parque. Así estuve una semana. Cuando pasaba por un parque, me quedaba un rato sentado en uno de los bancos, mirando a la gente. Yo miraba a la gente y la gente me miraba a mí. Te miran raro cuando te sientas solo en el banco de un parque.

A las dos semanas volví a encontrarme con el tipo del bigote. Yo estaba sentado en un banco del parque que hay debajo de mi casa y pasó por delante, con otros dos amigos. Reconozco que se me aceleró el corazón al verle. No sabía si decirle algo, pero como todavía no había encontrado el sentido a sus palabras, pues me levanté y fui a su encuentro.

- ¡Eh! ¡Eh! ¡Tú!- le grité desde lejos. Cuando llegué a su altura, le miré fijamente a los ojos-. Ya estoy en un parque.

El tipo me miró despacio. Sus amigos me miraron despacio.

- ¿Quién mierda eres?- dijo.
- El de la camiseta de Churubusco. Ya estoy en un parque. ¿Y ahora qué?

El hombre pareció recordar. Miró a sus compañeros. Todos lucían espesos bigotes. Volvió a mirarme. Se me acercó. Se puso muy cerca. Cara a cara. Olía a tequila, el cabrón.

- El de Churubusco, ¿eh?
- Sí.
- Y ahora qué, ¿eh?
- Sí. Ahora qué.
- Ahora vas a irte a tu casa... vas a guglear Churubusco... y vas a entenderlo todo, puto- dijo e inmediatamente estalló en carcajadas. Sus amigos no entendían ni una palabra de lo que estaba pasando, pero el hombre no podía explicarles nada. Se estaba descojonando vivo. Se puso rojo y lloró de risa. Reía cada vez más y más y al final se atragantó, tosió como una abuela que fuma Ducados y se marchó cogido a sus compadres, agarrándose la panza de vez en cuando.

- Luego les digo... el pinche cabrón... ¡se fue al parque a sentarse!

Me quedé con cara de idiota, claro. Pero hice lo que me dijo. Fui a casa, encendí el ordenador y busqué en Google "Churubusco" y "no estaría usted aquí". La cara de idiota me duró unos días. Pero, por lo menos, dejé de sentarme solo en los parques.

Y esa es la historia de mi camiseta de Distrital.

Pues eso.

martes, 6 de diciembre de 2011

La camiseta de los Muffs

Mi nuevo fan, con su camiseta de los Muffs.

Buenas noches.

Me gusta mucho mi nuevo fan.

Dice que quiere compartir en este blog su camiseta. Se la compró en un concierto de los Muffs, que es un grupo bastante molón de la zona de Los Ángeles. "Uno de mis grupos favoritos", apunta mi fan, que luce con cierto estilo su camiseta.

Dice que se la compró en Madrid, allá por el 2009, cuando los Muffs dieron un concierto en la sala Sol. "El concierto fue impresionante", señala a modo de sucinta crónica. Y añade: "¿A que no tienes una igual?".

Pobre ignorante.

Yo también estuve en ese concierto de los Muffs. Fui con el Squirrel y el Ubre. Nos pusimos en primera fila. Bailamos, cantamos, gritamos, empujamos y nos divertimos muy mucho. Al final del concierto, el Squirrel se compró una camiseta.

- Mola, ¿eh?- me dijo mientras extendía con las dos manos su adquisición.

Yo le agarré la camiseta con un rápido movimiento.

- ¡Gracias tío!

Me la puse velozmente. Me quedaba bien.

- Oye... me la he comprado para mí.
- Venga hombre... regálamela.

Se fue refunfuñando hasta el tenderete y se compró otra. A la salida, dos chicas nos abordaron en la calle Jardines.

- ¿Vosotros sois los que os habéis pasado todo el concierto empujando a la peña?
- No- contesté raudo.
- Sí- dijeron al mismo tiempo el Squirrel y el Ubre.

Las dos chicas se lanzaron a sus brazos. Los cuatro se fueron de fiesta entre risas. Yo me quedé solo en la calle, preguntándome qué había pasado. Otras dos chicas salían del Sol en ese momento. Una era rubia. La otra morena.

- ¡Hola! Soy el que ha empujado a la gente todo el rato...
- Ya lo hemos visto, imbécil- dijo la rubia.
- Me has jodido el concierto- dijo la morena.

No esperaba esa reacción, claro. Me quedé callado.

- Imbécil...- repitió la rubia mientras se alejaban.
- ¿Has visto? Se ha comprado una camiseta y todo... menudo payaso.

Y esa es la historia de mi camiseta de los Muffs. No es una gran historia, cierto, y por eso no la había contado antes. Pero esta vez me viene muy bien para demostrarle a mi nuevo fan que tiene mucho que aprender: tengo muchas camisetas, así que es difícil que no tenga una como la suya. Y, por cierto, ninguna de mis camisetas me la he comprado. Todas son regaladas.

Comprar camisetas no tiene mérito, querido amigo. Efectivamente, tienes mucho que aprender. Además, en las fotos salgo mejor que tú.

Servidor, con mi camiseta de los Muffs, posando
con mucho mejor estilo que mi nuevo fan. / Foto: Ella

Pues eso.

lunes, 28 de noviembre de 2011

La camiseta de Smoke Machine 2.0

Buenas noches.
Dos fans de Camisetas Charrantes, luciendo
con estilo camisetas de Smoke Machine.

Me gustan mucho mis nuevos fans.

Es la primera vez que me mandan fotos para publicar en el blog. Y me he emocionado. No me han dado más datos que una simple frase en el correo: "Nosotros también tenemos camisetas de Smoke Machine. Y nos quedan mejor que a ti. Te jodes".

Este tipo de mensajes son los que me gustan: directos. Este tipo de fans son los que me gustan: ignorantes.

Porque, mis queridos fans, os tengo que confesar una cosa: a nadie le quedan mejor las camisetas de propaganda que a mí. ¡A nadie!

Pero podéis seguir intentándolo. Yo prometo seguir poniendo vuestras fotos en el blog.

Y esa es la historia de mis nuevos fans.

martes, 27 de septiembre de 2011

La camiseta del Wurli

Servidor, con mi camiseta del Wurli, instantes después
de haber escuchado un hiriente comentario. / Foto: Señora.


Buenas noches.

Me gusta mucho mi camiseta del Wurli.

Me la regaló mi amiga Aída. Un día llegó a casa y sacó del bolso una elegante camiseta negra.

- Toma. Para ti.
- Joder... cómo mola.
- Me la he encontrado en un cubo de basura.
- Cómo mola.

La camiseta, en efecto, molaba. Era negra, con el dibujo de una pin-up y un mensaje que decía Don't Miss Behave, que no sé lo que significa, en blanco. Y luego ponía Wurlitzer, que es un garito muy ameno de Madrid. No entendía como alguien podía ser tan gilipollas de tirar a la basura semejante camiseta.

Me pongo mucho mi camiseta del Wurli. Es una de mis favoritas a la hora de ir a conciertos y demás saraos rocanrroleros. De hecho, siempre tengo la esperanza de que algún día me dejen pasar gratis al Wurli por el simple hecho de llevar esa camiseta. pero nunca ocurre. Siempre espero una cola del quince. Dentro, tampoco me invitan a nada. Yo hago como que no me importa. Pero sí me importa. Me gustaría que un día un camarero del Wurli se fijara en mi camiseta del Wurli y me invitase a una copa. Pero nunca pasa.

Una noche, cuando ya cerraban el Wurli y el puerta nos estaba echando de allí, me señalé la camiseta, como para indicar que tenía derecho a terminar mi cerveza tranquilamente sin ser molestado. Me sacó de malas formas.

Ya en la calle, casi llegando a Gran Vía, me encontré con un numeroso grupo de personas a las que también habían echado, pero de su curro. Un chaval me pidió un cigarro y le dije que no fumaba. Se le veía muy alegre y le pregunté el motivo.

- Estamos celebrando que nos vamos al paro- dijo.
- A mi también me han echado.
- ¿Del curro?
- No, del Wurli.
- ¡Eh! -gritó a sus amigos, que se estaban alejando-. ¡A este también le han echado!
- Pues que se joda -gritó uno.

A pesar de todo, me fui con ellos. Dada la hora que era, decidimos ir a desayunar a una cafetería de la Gran Vía. Justo antes de entrar, alguien dijo de hacer una foto para inmortalizar el momento. Nos pusimos todos y una señora que pasaba por allí se ofreció para hacer la foto con un móvil que le dejamos. En ese momento, escuché una frase.

- ¿Por qué se pone también el gilipollas?

Yo creía que llevar una camiseta de una bar tan molón como el Wurli era motivo para caer bien a la gente. Me equivoqué. Intenté recular y salir de la foto, pero en ese momento la señora apretó el botón. Demasiado tarde para la huida. Después de la foto, el grupo enteró entró en la cafetería a desayunar. Yo me fui a casa, pensando en la infinita crueldad de la frase. "¿Por qué se pone también el gilipollas?". No sé que era más hiriente, si el rechazo a que saliera en su foto o el hecho de ser considerado un gilipollas a pesar de llevar puesta una de mis camisetas estrella. Camino de casa, antes de entrar en mi portal, me quité la camiseta. Abrí un contenedor de basura y la dejé allí.

Por la tarde Aída vino a casa porque había quedado con María. Llamó y abrí la puerta.

- ¡Hola! Mira lo que te traigo.

Y esa es la historia de mi camiseta del Wurli, de la que creo que no podré deshacerme nunca.

PD: Lo bueno es que el móvil era el mío. Nunca tendrán esa foto.

jueves, 1 de septiembre de 2011

La camiseta de la UJA

Servidor, con mi camiseta de la Universidad de Jaén,
tras un experimento fallido.
Buenas noches.

Me gusta mucho mi camiseta de la UJA.

Me la regaló mi amigo Paco, que trabaja en la Universidad de Jaén. Yo no estudié en la Universidad de Jaén. En la Complutense de Madrid tampoco, pero sí que estaba matriculado. Soy de Madrid y estudié en Madrid. Eso sí que es un error. Deberían sacar una ley que obligase a la gente a largarse de su ciudad a los dieciocho años. Cumples dieciocho y a tomar por culo de casa. O eso o a la cárcel. Antes estaba la mili, pero la quitó Aznar. Desde ese momento el país ha ido de mal en peor.

El otro día me puse mi camiseta de la UJA y me fui a comprar el pan.

- Ya estáis aquí los universitarios, ¿eh?- me dijo la panadera- ya toca estudiar, ¿eh?

A estudiar los cojones, señora, que tengo 35 años, pensé. Pero luego, paseando hasta casa, volví a pensar. Si la panadera me había confundido con un universitario, sólo podía deberse a dos posibles causas. Una buena y otra mala. La buena es que aparento 22 años. La mala es que los universitarios españoles se licencian con más de treinta.

Decidí hacer un experimento. Intentaría pasarme por un chaval de 22 años durante un día. Si no lo lograba, es que la educación española es una puta mierda y las panaderas saben de lo que hablan cuando ven a un treintañero con una camiseta universitaria. Si lo lograba, es que estoy hecho un chaval, y el sistema educativo español, salvado.

Salí un jueves, que es cuando los universitarios se creen que molan. En realidad salir los jueves es de pringados, porque todo está tan lleno como en fin de semana. Los profesionales salen de domingo a miércoles. Esto es así. Pero como iba de universitario, salí un jueves. Me puse mi camiseta de Universidad de Jaén para darle mayor verosimilitud a mi personaje. Decidí ir por Moncloa, zona universitaria por excelencia en Madrid. El ambiente era muy majete, con mucha erasmus desplegando sus encantos made in Baviera. Curiosamente, ninguna creyó que fuese un estudiante.

- ¿Tú estudiante? ¡Tú policía! Nosotras no drogas, ¿ok? ¡Go away!.

Las dejé bebiendo leche de pantera y me fui a otro bar. Pero la situación fue más o menos la misma: Estudiantes vigoréxicos bailando lambada con rubias de todos los acentos... combinados de nombres absurdos servidos en copas de no menos de dos litros... y absoluto fracaso en mis intentos de aparentar quince años menos.

Es pronto, pensé.

Visité más bares universitarios. Cinco o seis. Después entré en una discoteca muy pija. Y luego en otra más cutre. Y después de eso visité un par de afters muy de moda. Pero no conseguí aparentar veinte años en ningún sitio. Incapaz de aceptar el resultado del experimento, entré en un último garito con la esperanza de salvar al sistema educativo español. El portero me abrió la puerta y dentro sonaba una música bajita rollo Kiss FM. El garito tenía demasiada luz para ser un after, pero el ambiente no estaba mal. No muy lleno, gente a su bola, camareras uniformadas. Encontré una zona de bebidas selfservice. Agarré una lata de cerveza y busqué la pista de baile. El sitio era algo laberíntico, pero era divertido. Deambulé durante unos minutos hasta que noté una mano que me agarraba del codo.

- Joven, no puede beber aquí- me dijo con suave acento latino una de las camareras.

¡Joven! ¡Había dicho joven! ¡Misión cumplida! Me alegré tanto que abracé a la chica. Ella se apartó velozmente, pero eso ya no importaba. Lo importante es que el sistema educativo español estaba libre de toda sospecha. Me señalé la camiseta de la Universidad de Jaén.

- ¿Te parezco universitario?
- Sí, sí... mucho, mucho... pero tiene que irse.
- ¿Estáis cerrando?
- Sí sí... es que ya cerramos.
- ¿Pero luego abrís? Me gusta este sitio.
- Sí, sí... luego abrimos- me decía la camarera mientras me acompañaba a la salida.

En la puerta, un fornido negro de dos metros me extendió la mano. Me quedaba algo de cerveza en la lata.

- ¿Tenéis vasos de plástico?
- No- dijo con un vozarrón africano, aún con la mano extendida.

Le di un último trago a la lata hasta apurarla y le di el recipiente vacío. El portero me miró con extrañeza. Me despedí de él e iba a enfilar calle abajo cuando me acordé de una cosa.

- ¿Oye, no me pones el sello por si luego vengo?

En ese momento salió una señora mayor del after. Llevaba dos bolsas grandes del Eroski. Le dio unos céntimos al negro de la puerta, me miró con muy mala cara y se fue diciendo algo entre dientes. Algo así como qué gentuza, madre mía, qué gentuza.

Y esa es la historia de mi camiseta de la Universidad de Jaén.

martes, 23 de agosto de 2011

La camiseta de Ethan

Servidor, con mi camiseta de Ethan, a la salida de El Puchero.
Buenas noches.

Me gusta mucho mi camiseta de Ethan.

Me la regaló María, que a su vez se la había dado su compañero Juancar. Juancar tiene un grupo que se llama Ethan. La verdad es que no he escuchado nada de los Ethan, pero me gusta el grupo porque tengo una camiseta de ellos.

Me pongo bastante mi camiseta de Ethan. Es negra, con letras blancas y me queda bien.

El otro día decidí darme un homenaje y comerme una paletilla de cordero lechal en El Puchero, un restaurante de postín que está cerca de mi casa. Me puse mi camiseta de Ethan y bajé a comer. Entré y aunque no había reservado y el restaurante estaba lleno, tenían una mesa para uno perfecta para mí. A mi lado había un grupo de seis personas, todas ellas con camisetas de las JMJ. No eran precisamente jóvenes, la verdad, pero llevaban camisetas y mochilas de las jornadas y estaban sonrientes porque habían visto al Papa en Madrid.

Me senté y pedí una cerveza sin alcohol y paletilla de cordero lechal.

- Hoy tenemos un cochinillo asado riquísimo, si le apetece- me recomendó la camarera.
- No gracias. Prefiero la paletilla.

Noté que los JMJ me miraban con disimulo al tiempo que bajaban la voz. Pero conseguí escuchar un cuchicheo.

- Es musulmán -dijo uno de los JMJ.
- Están por todas partes...-añadió un segundo.

Esa mañana me había rapado la cabeza pero no la barba, así que, ciertamente, tenía un poco pinta de islamista. Bueno, tampoco tanta, pero el hecho de pedir cerveza sin alcohol y que rechazara el cochinillo debió de ser suficiente prueba para ellos. Era musulmán. Me hizo gracia el tema y decidí seguir el juego. A veces me gusta escandalizar y la ocasión era propicia.

La camarera me trajo la paletilla. Comprobé que mis vecinos de mesa estaban lo suficientemente pendientes y comencé mi show. Cerré los ojos, incliné mi cabeza, puse las manos con las palmas hacia arriba y comencé a decir una letanía a media voz.

- Alajah ich ala... shwarma jalalah... marrakech ala... ala ich ala...

Todo muy absurdo, pero divertido. Al final, elevé la voz un poco más de la cuenta. Finalicé con un sonoro ¡Allah ich allah!

Abrí los ojos y me encontré a dos hombres apuntándome con sus armas. Eran dos tipos trajeados. Corte de pelo militar, pinganillo en el oído, pistola en la mano.

- ¡Las manos sobre la mesa! Las manos sobre la mesa!

Ya las tenía sobre la mesa, así que me quedé quieto. Muy quieto. Jodidamente quieto.

Resulta que el restaurante El Puchero es frecuentado por políticos de todo tipo y condición. Dicen que incluso las más altas instancias del Estado acuden a degustar las excelencias de su cocina. Yo eso no lo sabía. Pero ahora lo sé. Y también sé que los alcaldes, ministros, diputados y similares nunca comen en sitios públicos sin escolta. Aquel día, para mi desgracia, estaban comiendo dos políticos de alto rango en El Puchero.

Me costó un huevo convencer a los escoltas de que no era un terrorista islamista. Y debo decir que  mi camiseta de Ethan me ayudó a salir del apuro.

- ¿Por qué llevas una camiseta de los Ethan?- me preguntó uno de los agentes de policía que acudió al lugar tras la llamada de los escoltas.
- Es de un grupo de música.
- Ya sé quienes son los Ethan. Son buenos. Los conozco. Lo que te pregunto es por qué llevas una camiseta de los Ethan... ¿no va el rock progresivo en contra de tu religión?
- No, no, no... no soy musulmán. Yo... la camiseta me la regaló Juancar...
- ¿Conoces a Juancar?- me preguntó incrédulo el policía, que debía ser bastante fan de los Ethan.
- Sí... no... trabaja con mi chica... bueno, sí que le conozco pero no mucho...
- A ver... explícame quién coño eres y por qué estabas rezando en árabe a gritos.
- Ya se lo he explicado a los escoltas...verá... soy cristiano... lo que pasa es que también soy algo idiota y...

En fin. Cosas que pasan. Al final dieron por buena mi explicación. Los JMJ se rieron de mí, los escoltas me miraron mal, los camareros me dijeron que tenía que pagar la paletilla y yo me fui del restaurante bastante avergonzado y con hambre. Lo dicho, cosas que pasan.

Y esa es la historia de mi camiseta de Ethan.